Durante el acto sexual, se ponen en juego la sexualidad y la genitalidad de los integrantes de una pareja. Es un momento en donde varios aspectos se unen para dar comienzo al acto en sí:
Lo afectivo, expresado en deseo sexual
Lo estético, vivido como atracción física
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Lo lúdico, que produce el juego sexual
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La fantasía o el mundo interno que habita en cada persona
Todos estos factores, actuando en conjunto, hacen posible un encuentro sexual placentero.
En una relación sexual, el hombre y la mujer se besan y acarician. Esto da lugar a cambios corporales iniciales que producen una mayor irrigación sanguínea, especialmente en las llamadas zonas erógenas (partes del cuerpo que proporcionan placer sexual: clítoris, pezón, entrada de la vagina, lóbulo de la oreja, etc.).
El primer síntoma de reacción de la mujer a estas caricias es la lubricación genital, es decir, el aumento de la secreción vaginal y vulvar. Por su parte, el hombre experimenta la erección del pene. Luego, el estímulo pausado pero permanente de las diferentes zonas erógenas -especialmente a nivel del clítoris- producirá una excitación creciente que llamará a la penetración vaginal por el hombre, culminando con el orgasmo y la eyaculación del semen.
La etapa de culminación de la relación sexual se produce con el orgasmo, cuando la excitación sexual es tan elevada, que desencadena la respuesta refleja del sistema nervioso.
Asimismo, debemos saber que también existen diferencias entre los sexos con respecto a la respuesta sexual. La más notable es que el hombre experimenta un solo orgasmo y necesita un límite variable de tiempo para experimentar otro (período refractario), mientras que la mujer, si continúa el juego erótico, puede tener varios orgasmos consecutivos (llamados multiorgasmos). Además, el hombre lo alcanza más rápidamente (eyaculación) que la mujer, quien necesita mayor preparación y juego sexual previo.
Si bien esta es una descripción breve y general del acto sexual, cabe resaltar que cada mujer lo vive de manera única cada vez.